miércoles, 21 de agosto de 2013

la historia de un paréntesis


Hace un par de semanas regresé de uno de los mejores viajes que recuerdo. El día 10 de Julio me subí a un avión con rumbo a Dallas, destino final, San Francisco. Y podría decir que la aventura comenzó en el aeroperto de Dallas, dónde estuve varias horas retenida en la aduana, (por suerte, Barajas no es el único aeropuerto con retrasos, y mi avión esperaba todavía en la pista cuando me "liberaron"). Sin embargo, lo más emocionante fue encontrarme con Kate en San Francisco, varias horas más tarde de lo esperado. Me recibió con naranjas y chocolate. Y esa noche conocí a Big Red, la ranchera en la que pasaría la mayor parte del tiempo, una furgoneta que gruñe cuando sube cuestas y que se embala cuando las baja, que tiene unos gustos musicales muy exquisitos y que deja de funcionar cuando le da la santa gana. Pero por lo demás, es perfecta. Y en ella recorrimos California de norte a sur, y viceversa. Y si miras en el gran maletero, aún puedes ver las huellas de nuestras aventuras: nuestra excursión en bici por San Francisco, el festival en el que enseñamos a hacer cestas con agujas de pino, los baños en la poza, las horas dibujándonos la una a la otra, las tratas hechas con las manzanas recogidas el primer día, la fiesta de chocolate en casa de Shelley, la búsqueda de unas tazas de cerámica, la arena de las playas y la corteza de los redwoods. Y si prestas mucha atención, aún resuenan las canciones que nos acompañaron en la carretera, cantadas a gritos o susurrando muy bajito...
Pero hay muchas cosas que Bid Red no puede contar, y es la gente que nos recibió en cada parada, los antiguos amigos con los que nos reencontramos, y los nuevos que dejamos entrar en nuestras vidas. Y es que, en este viaje, he conocido gente maravillosa que me ha dado la bienvenida como si fuese de la familia, y he visitado a esa parte de mi familia que vive tan lejos y a la que echo tanto de menos, que me ha abierto la puerta como si no llevásemos años sin vernos. 
Este viaje me ha hecho crecer, fijarme en cosas que siempre había pasado por alto, y en personas que en otras circunstancias no habría dejado entrar en mi vida. Durante este mes me he sentido la persona más rica del mundo, y no porque comprase comida orgánica a precio de oro, sino porque no he dejado de aprender ni un solo día. 
Durante este viaje he sido un poco más feliz, y el día que le cambiamos los frenos a Big Red fui mucho más feliz. 
Siento que ha sido como hacer un paréntesis en mi vida, (uno muy largo, pero que no quieres que se cierre nunca...